A menudo, identificamos el liderazgo sólo con sectores concretos como el mundo de los negocios o la política, pero de una forma u otra, todos y todas somos líderes, consciente o inconscientemente.

En alguna ocasión, trabajando el desarrollo interior con algunas personas, me han dicho que no tienen madera de líder y que ese es el motivo por el cual no se ven ascendiendo en sus trabajos; observando que el liderazgo es solo para aquellos y aquellas dispuestas a todo por impulsar su recorrido profesional y que si no tienes esa ambición, no llegarás a cargos de responsabilidad.

En otras formaciones, me he encontrado a personas que directamente asocian el no tener valores al liderazgo, asumiendo que para llegar lejos, profesionalmente hablando, debes pasar por encima de esos valores fundamentales.

Mal nos pese, y por mucho que se llenen de buenas palabras algunas escuelas de negocio, el liderazgo de hoy se asocia con unas competencias y una manera de ser alejada, muy alejada, de la ética.

Es muy difícil liderar una empresa que prima, por encima de todo, la maximización del beneficio económico cómo único fin.

Recuerdo, hace muchos años, cuando era estudiante de postgrado en administración de empresas, que llegó el día en que el profesor pronunció el tópico, más que conocido, de que una empresa debía crecer con un porcentaje mínimo del 3 o el 4% anual. Alcé la mano y le pregunté al docente, que además era empresario, por qué debía ser así, ya que una empresa tenía vida propia, como un ser humano, y que tal vez debía pasar por distintos periodos, ¡incluso decrecer podía ser una estrategia inteligente o necesaria!

Su respuesta fue tajante y rotunda. Afirmó que con ese pensamiento jamás llegaría lejos y que quedaría relegada a “empresas de segunda” como ONG o cooperativas. Pero no contestó a mi pregunta: ¿Por qué una empresa debe crecer sí o sí cada año?

Cierto es que, al profesor, no le faltaba razón al hablar así, ya que su larga experiencia y trayectoria, corroboraban sus afirmaciones teniendo en cuenta las estrategias empresariales más comunes.

Así, ¿dónde está el problema realmente? En la falta de sólidos, coherentes y éticos líderes que sepan ver más allá de la cuenta de resultados y encuentren un sano equilibrio entre el beneficio económico, el social y el medioambiental.

Afortunadamente, cada vez más, estamos abiertos a cuestionar los modelos vigentes que han marcado las directrices durante décadas. Ya es evidente que no podemos seguir así, y que el liderazgo, más allá del estilo directivo (coercitivo, orientativo, afiliativo, participativo, imitativo o capacitador) debe tomar un nuevo rumbo y tener en cuenta algo, que hasta el momento se había obviado por completo: ALMA.

Estos líderes del futuro (o del presente… siempre han existido, aunque sean una minoría), no solo deberían formarse sobre cómo llevar una empresa; también deberían pensar en el personal como seres humanos más que como “recursos”; o que los materiales que necesitan para la elaboración de sus productos son finitos y consecuentemente, deben reponerse o regenerarse, dejando tiempo suficiente para ello y garantizando el respeto por la naturaleza o el entorno donde ubican sus fábricas.

Para no repetir los mismos errores, demostrar que hemos aprendido de la experiencia y que podemos hacerlo mejor, ¡mucho mejor!, sería fundamental capacitar tanto a empresarios, directivos o trabajadores en ámbitos de estudio que han estado relegados estos últimos años, ¿o es que queremos seguir prescindiendo de la ÉTICA, del PENSAMIENTO CRÍTICO o de la CONSCIENCIA?

Podemos aprender mucho de líderes espirituales o de filósofos y aplicarlo al mundo de los negocios.

Por ejemplo, Buda nos puede servir para analizar la crisis del Covid-19. El sufrimiento es el mayor pesar de la humanidad. La fuente de ese sufrimiento son la enfermedad, la vejez o la muerte (¿os suena de algo? ¿Cuáles han sido los principales focos de atención durante estas semanas?). Siddartha Gautama nos muestra la solución.

De Platón, podemos reflexionar sobre la manipulación de los medios de comunicación, o como circula el flujo de información llegando de forma sesgada, y por tanto, fomentando así la desinformación o la incoherencia en una empresa.

La filosofía de los Samurái nos orienta muy bien en los conocimientos necesarios para forjar una sólida disciplina basada en la ética. Bien conocido es, que estos misteriosos guerreros eran incluso capaces de morir para no traicionar sus ideales.

O inspirarnos en el método socrático para crear nuestro argumento de venta o llegar a la verdad a través de una determinada técnica basada en la formulación de preguntas.

La realidad se construye en base a unos ideales universales, propios del ser humano. Tal vez, los hayamos olvidado estos años de capitalismo caníbal basado en competir, exterminar y solo ganar (ego absoluto), pero estos ideales forman parte de nosotros, siguen vivos dentro de cada uno/a de nosotros/as y solo dependerá de nosotros/as elegir conscientemente, apelando a nuestra alma u olvidándonos de ella. Si hacemos introspección, y miramos aunque sea por un momento hacia nuestro interior, encontraremos una certeza mayor, que nos llega a través de la intuición (la sabia voz del alma) y que nos dice que lo que nos hace ser humanos es cooperar y compartir para así ganar todos, trascendiendo el ego y relegándolo a un segundo plano, accediendo a que el protagonista sea “mi Yo”, un ser sensible y conectado, que se siente parte de todo.

La clave está en el término medio: como humanos, necesitamos lo material tanto como lo espiritual. No es necesario prescindir de uno para obtener el otro, sino que debemos integrarlos, tanto uno como otro. Ser consciente de ello, nos acercará más a los empleados y a nuestros clientes, que ante todo son personas, y sabrán valorar que les traten como tal. De la misma manera, que sabrán valorar el respeto por nuestro hogar, la Tierra. Éstos son factores clave que conllevaran un retorno directo en la empresa a todos los niveles.

De absolutamente todos y todas depende construir un mundo más sostenible, dónde todos seamos líderes con alma, uno en el que tener la posibilidad de vivir con armonía, serenidad y bienestar, y para ello, son tan importantes la ciencia, la filosofía, como la espiritualidad: las tres patas necesarias para equilibrar un taburete y poder sentarte con total seguridad en él.

 

Gemma Soler, conferenciante, escritora y estudiante de filosofía (en la especialidad de Teosofía). Está adherida a MIESES GLOBAL

Diplomada en publicidad y relaciones públicas. Diplomada en turismo. Postgrado en dirección de empresas. Postgrado en igualdad en las empresas. Máster en dirección de comunicación. Máster en coaching.

Con cerca de veinte años de experiencia en desarrollo personal y profesional, ha sido directiva y profesora universitaria, además de emprendedora, con ocho proyectos realizados y asesorando muchos otros tantos como consultora de empresas.

Colabora en distintos programas de TV, radio y prensa escrita como experta en crecimiento interior y cultura espiritual. Impulsora de la Escuela del SER en Mallorca y Cataluña, aula que fomenta el auto conocimiento, la reflexión y el pensamiento crítico. Formadora de líderes con consciencia.

Autora del libro Sociedad “LIMITADA”, una reflexión sobre las difíciles, pero también mágicas, relaciones humanas.